Thursday, June 21, 2007

GAITA: PASIÓN MUSICAL DE NUESTRA HISTORIA (2002)

Alfredo Ricardo Guerrero

A Nelly y José Víctor, mis hijos, mi pasión

Un día escribí que la gaita era semblanza musical de nuestra América, hoy escribo que la gaita es nuestra historia hecha canción. De veras no encontré otro motivo para concebir esta frase, que la de sublimizar y elevar a un sentido espiritual el género musical gaita, quien en su recorrido por los tiempos ha servido de vehículo para dinamizar la historia de nuestros pueblos.

La gaita de acuerdo a su naturaleza melódica describe la profundidad sentimental de aquellas comunidades indígenas que son el pilar de nuestra nacionalidad; con ella se motiva la noticia de un pasado matizado en un conjunto de vivencias económicas, políticas y sociales, caracterizadas por un montón de complejas aplicaciones sobre el medio natural, que desde luego llevaría la impronta del aborigen, que con la venida del hombre proveniente del viejo continente quedarían truncadas sus aspiraciones de disfrutar el producto de su creatividad. Pero, la gaita fruto del poder de la inventiva del nativo ha servido de correo temporal para transmitirnos no sólo el mensaje sonoro de esa época sino que ha servido, también como elemento fomentador de vínculos que interpretados bajo una concepción sociológica es el enlace en tiempo entre la relación de sucesos pasados con los protagonizados en la actualidad, surgiendo de allí una acción educativa proyectada a las generaciones de la gran familia colombiana.

Ahora, la estructura material del instrumento de la gaita compendia la armonización espiritual del hombre con el cerril canuto que produce ese delírico sonido estimulador con ímpetu del estado emocional y su percepción interior que no es otra cosa que la pasión.

La pasión corresponde en la música a una vivencia mental profunda que nos hace deslizar por el disfrute simbólico de la vida. Esta pasión ha venido circulando en la sangre y en el fluido sentimental de muchas generaciones de colombianos a través de muchos tiempos tanto cronológicos como en los tiempos melódicos y armónicos circunscritos a la interpretación propiamente de la música. En esta dirección la música ha escrito también las paginas de nuestra historia y ésta encuentra en la gaita a una de sus fuentes más autenticas y originales al ser producto de la matriz de la sociedad colombiana como en efecto lo son los indígenas. Así queda establecida la relación existente entre el comportamiento espiritual y emotivo que provoca el lírico sonido de la gaita y su despliegue histórico. Con esta frase hoy acogida por la actual Junta Directiva del Festival Nacional de Gaitas “Francisco Llirene”, quiero ante todo significar que la gaita es un patrimonio testimonial vivo de la historia colombiana con el cual se interpreta un porro, una cumbia, una gaita, un merengue, ritmos primigénicos de diálogos melódicos que comunican emociones y sentimientos.

A manera de emisión conceptual, el aire o ritmo musical de la gaita se caracteriza por trasmitir la pasividad del indígena y de aquellos cultores innatos del folclor como ocurre en la actualidad donde dejan traslucir en sus interpretaciones un “dejo” melancólico, lastimero y profundo. El gaitero acude con frecuencia al “bajoneo” para arrojar a los vientos el quejido parturiento de la gaita hembra; el “guruteo” del gaitero se hace sentir confundiéndose en esa plegaria musical que emerge de la delicada obturación de los cinco orificios tonales esparcidos sobre el cuerpo del canuto de pitahaya.

El porro es un aire que conjuga la particularidad rítmica de la percusión desarrollada en la influencia africana y el grito melódico de la gaita indígena, en cuyo dialogo se suscita un desenlace de pausa llamativa, dándole apertura a la llamada “Bozá” desatando un juego melódico-armónico que produce una sensación de goce frenético en aquellos degustadores de estos ritmos prístinos. Los golpes del tambor en el porro son entrecortados, sincopasados; el tamborilero realiza el llamado “canteo” siendo golpes entre el borde del tambor y el centro del mismo, en esta escena uno de los dedos se estaciona en el centro del tambor mientras el otro percute con intervalos en el canto y de allí soltar la andanada de repiques en donde el tamborilero exterioriza sus habilidades y destrezas estableciendo una conversación fluida y apasionada. Sus golpes certeros sobre la membrana es un castigo a las penas y aflicciones del alma. El aporreo impulsa al espíritu a dar gritos de júbilo. El porro es procreador de íntimas conmociones humanas.

La cumbia es un lamento cantarino edificado en las penurias de unas razas fustigadas por la ambición pro-imperialista de aquellos pueblos que nunca han alcanzado a entender que la especie humana no es una exclusividad territorial ni mucho menos del capital. Los negros e indígenas bajo el forcejeo por la reivindicación de sus libertades naturales, sólo pudieron apreciar el padecer de sus frustraciones sociales que luego fraguarían en cantos como buscando resignación. Ese llanto musical llamado cumbia fue alimentado por la pasión cultural africana mediante los delirantes tambores y la sensible melodía de sus gaitas americanas. Las circunstancias históricas y sociales los unió para fundir un ritmo que hoy nos identifica ante el mundo. La pasión por hacerse sentir ante los “avasalladores” con instinto histórico nuestros músicos naturales lo han cultivado con recobro herencial que se puede afirmar que la cumbia, la gaita y el porro representan la prolongación de nuestras vivencias en la historia; ellos son y serán siempre comunicadores de la pasión por sentir y vivir como pueblos libres, deseosos de la paz que brota de la música de gaita, de la justicia y principalmente de la gloria de Dios.