Friday, August 31, 2007

FRANCISCO DE ASÍS PATRONO DE OVEJAS (1995)

Por: Pedro Mercado Tinoco


Todos los años para los primeros días del mes de octubre, los ovejeros cumplen con ese sagrado rito de veneración a la figura de uno de los personajes que ha sido pilar de la Iglesia Católica Universal. Esta devoción surge desde el momento aquel, en que el colonizador Antonio de la Torre, dejara un verdadero santoral en la mayoría de los cuarenta y tantos pueblos por él organizados. Esa simbiosis de rezos y jolgorios, de parranda y oración manifestada en estos días, es una costumbre que nació a finales del siglo XVIII y que se mantuvo durante el siglo XIX, cuando los campesinos al sonido unísono de la gaita acompañaban con cantos sus rogativas San Pacho. Esa especie de sincretismo que viven muchos pueblos de la Región Caribe y las Antillas, mezcla de pagano y religioso; que se manifiesta en sus festividades patronales no es ajeno en el sentir alegre de nuestras gentes.

Las festividades de San Francisco convocaban en un pasado a una mayor integración de los pueblos vecinos y a participar de los bailes con gaitas y fiestas en corralejas.

¿Pero quién era ese hombre carismático que despierta ese fervor religioso de nuestro pueblo? Tomando como referencia a sus biógrafos: Tommaso di Celano y San Buenaventura, compañeros de trabajo pastoral de San Francisco; me permito resaltar ciertas facetas del santo que para muchos de nosotros son desconocidas o que hemos olvidado, y es ahí cuando recurrimos a la historia.

Nació Francisco en la población de Asís, provincia de Perusa Italia en el año 1182 en una familia de ricos comerciantes. Sus padres fueron: Pica y Proeto de Bernardote. Se vivía en Italia y Europauna época de sangrientas luchas religiosas entre cristianos y musulmanes. Enfrentamientos entre principados y feudos, y de una iglesia que estaba más aferrada a los bienes terrenales y cuya orientación la distanciaba de los pobres. En este ambiente creció Francisco, joven con ideales de conquista y honores, y gozando de gran popularidad y prestigio entre sus compañeros; se ve asaltado por voces y sueños incomprensibles que poco a poco le irán transformando profundamente. Siente entonces deseos de recogimiento y soledad, de contacto con Dios, acompañados del hastío de los negocios y de los placeres. Siendo muy joven rompe con su familia, abandona todo lo mundano y se entrega al servicio de Cristo.

Su primera labor se manifestó en la reconstrucción de una pequeña iglesia bizantina en honor de San Damián que estaba en ruinas. Luego se dedica a la prédica, en un principio fue objeto de burla, al ver al hijo del comerciante involucrado en menesteres diferentes al del comercio.

San Francisco fue un predicador de la paz y de la alegría, y un predicador de la humildad; nos dice Celano que unas veces predicaba paseando las calles de Asís con los brazos cruzados y la vista baja. Otras dirige su palabra altas jerarquías de la iglesia.

Participó en las cruzadas de defensa de los lugares santos como soldado de Cristo; y con un puñado de sus seguidores llegó a Roma y visitó al Papa Inocencio III, y solicitó de éste la aprobación del reglamento de los hermanos menores naciendo así en 1210 la orden de los Franciscanos.

En el año 1212 fundó con Santa Clara la segunda orden Franciscana. Asistió al Concilio de Letrán, en el que el Papa reconoció las dos órdenes Franciscanas. Para una navidad en una gruta de Greccio representó en vivo el nacimiento de Jesús, dando origen así a los nacimientos o pesebres de navidad.

En el verano de 1224 Francisco se retira al monte Alvernia, en donde dedicarse a la oración con más recogimiento. El 14 de septiembre sucede un hecho extraño, Francisco ve bajar del cielo un serafín que trae a un hombre crucificado. Cuando la visión desaparece, en el cuerpo de Francisco aparecen las heridas de Jesús sobre la cruz.

Francisco que había vivido pobre, quiso del mismo modo morir sin poseer más que la pobreza. Para sus últimas horas de vida escoge la pequeña capilla de la Porciúncula, que él había restaurado con sus propias manos al principio de su conversión. Cuando sabe que está para morir, ordena a sus frailes que lo pongan en el suelo, le pongan un cilicio y lo cubran de ceniza. Dice Celano que estas fueron sus últimas palabras: “Señor, libra de la cárcel a mi alma, para que yo pueda alabar tu nombre”. Era la noche del 3 al 4 de octubre de 1226.

Así como en las rogativas que se hacían en un pasado, este pueblo te pide Francisco que regreses la paz a esta tierra, que se suspenda ese enfrentamiento fratricida que son su fuego cruzado ha dejado en el campo a muchos inocentes, y que aquellos que se fueron repentinamente sin tener tiempo de despedirse y que hoy no están gozando de este festival de gaitas, estén gozando de tu bienaventuranza.